martes, 16 de septiembre de 2008

Delia Elena San Marco

Nos despedimos en una de las esquinas del Once.
Desde la otra vereda volví a mirar; usted se había dado vuelta y me dijo adiós con la mano.
Un río de vehículos y de gente corría entre nosotros; eran las cinco de una tarde cualquiera; como iba yo a saber que aquel río era el triste Aqueronte, el insuperable.
Ya no nos vimos y un año después usted había muerto.
Y ahora yo busco esa memoria y la miro y pienso que era falsa y que detrás de la despedida trivial estaba la infinita separación.
Anoche no salí después de comer y releí, para comprender estas cosas, la ultima enseñanza que Platón pone en boca de su maestro. Leí que el alma puede huir cuando muere la carne.
Y ahora no se si la verdad esta en la aciaga interpretación ulterior o en la despedida inocente.
Porque si no mueren las almas, esta muy bien que en sus despedidas no hayan énfasis.
Decirse adiós es negar la separación, es decir: hoy jugamos a separarnos, pero nos veremos mañana. Los hombres inventaron el adiós porque se saben de algún modo inmortales, aunque se juzguen contingentes y efímeros.
Delia: alguna vez anudaremos ¿junto a que río? Este dialogo incierto y nos preguntaremos si alguna vez, en una ciudad que se perdía en una llanura, fuimos Borges y Delia.


Por Jorge Luis Borges

3 comentarios:

Jaku dijo...

Me lo robaste, te lo presto igual.
que los jazmines aromen tu vida,jaja
un besooo javin

Anónimo dijo...

hola si... mira flaquito... lo de mi identidad secreta, no se llama identidad publica... si es secreto que parte de se-cre-to no entendes... "se" es negro, "cre" es muy y "to" es (en chino) reverendo cojidito...

SALUD!

JAVA dijo...

ahhhh perfecto! no sabia que eras poeta... deci que no me gusta la censura, decilo...